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La Cata es la culminación de todo un proceso de viticultura y enología para nuestro servicio y deleite y pretende que nuestros sentidos despierten y analicen el resultado que se ofrece. Enseña, más concretamente, a experimentar y apreciar las características relativas al olfato y al gusto de un vino.

La cata profesional requiere muchos años de práctica y desarrollar un vocabulario que permita su análisis de forma eficaz. Sin embargo, el aficionado enófilo que bebe vino en las comidas y otros actos sociales sólo requiere para la cata una buena disposición personal y una actitud crítica para poder determinar lo que le satisface y lo que no.
Lógicamente, cualquier persona está dotada de los sentidos necesarios para la degustación de un vino. Hay personas que tienen unos sentidos más desarrollados que otros. Sin embargo, todos los sentidos se educan forzando la memoria de los estímulos que cada uno percibe.
Si estos estímulos los comenta y comparte socialmente con los que participan en una cata o degustación será el mejor camino para el aprendizaje. Existen muchas variables que, sin que el bebedor de vino se dé cuenta, hacen que la cata mejore, ya que el acto de catar requiere concentración y atención y hay factores que contribuyen a lograrla mejorando las sensaciones y apreciaciones sobre el vino.
El hábito de catar y el lugar donde se cata, por ejemplo, son aspectos que afectan a los sentidos.